Un domingo normal.

El día de ayer fue hermoso.

El cielo era color azul indescriptible y las montañas, más delineadas que de costumbre, parecian tener una linea de grabado que habia olvidado ser borrada.

El paisaje se dio cuenta de que era domingo, de que Dios descansa y la gente tambien, de que puede ser hermoso a pura fuerza de vientos rebeldes que reinventan el oxigeno.

El día de ayer buscaba lucirse, parecia recien bañado de color y perfume.

El día de ayer esta ciudad era quincieñera en vestido nuevo. Un día más en la vida de una ciudad inventada, inventada hace más de cuatrocientos años y mil años de edad más para sus montañas.

En dias asi sientes ganas de conquistar el mundo, de mover montañas, de descubrir nuevas formas de extender el día y de doblarlo, plancharlo y acariciarlo.

Y así, por unas horas, todo fue hermoso lo suficiente como para intentar resusitar al Dr. Atl y obsequiarle un paisaje sin desepcionarlo.

(A lo lejos se escucho morir el tren en la distancia.)

 

 

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